Siendo todavía niños aprendimos a dar por conveniencia, esperando algo a cambio: “Aunque sea las gracias” dice la gente. Es más, se nos exige que demos las gracias a cambio de algo que recibimos, de lo contrario entramos en el club de los “maleducados”. Y no queremos decir que agradecer sea incorrecto, de ninguna manera. Ser agradecidos nos da la oportunidad de valorar lo que tenemos, en lugar de ansiar y envidiar lo que no tenemos.

El asunto es que se nos obliga a dar las gracias en lugar de dejar que este sea un acto natural.

Entonces aprendemos a dar con condiciones: para sentirnos aceptados, para recibir amor, para que nos aprueben. Los niños pequeños dan espontánea y libremente pero empiezan a temprana edad a ser instruidos en dar esperando recibir algo a cambio. Esta maraña está ligada a los pensamientos de escasez con los cuales crecimos, y de los que hablaremos más adelante. Porque la escasez no se limita sólo al dinero sino a crear marañas de tacañería en el amor, servicio y aprecio por los demás. Brindar palabras de afecto, realizar acciones altruistas, practicar servicio comunitario, servir a otros sin esperar nada a cambio, son acciones escasas.

Las personas viven buscando recibir amor pero ponen una barrera porque “las han herido tanto”. Entonces dan lo que tienen: resentimiento, rabia, frustración y coraje. Si lo que quieres es recibir amor, empieza a darlo y si crees que no lo tienes, busca apoyo. Cuando Ignacio llegó al taller que impartimos cada semana compartió
que estaba devastado porque su novia había terminado la relación y estaba “volviéndose loco” al grado que había renunciado a su trabajo porque no se podía concentrar. Tenía un estado de alteración profunda.

Aseguró que amaba mucho a esa mujer, que daría la vida por ella, que estaba dispuesto a cambiar, incluso a dejar de beber alcohol para mantener la relación. Le había comprado regalos costosos, había hecho fiestas en su honor para celebrarle su cumpleaños, había invertido tiempo y dinero en la relación y ella apenas le murmuraba
un sutil “gracias”. Eso lo enfurecía. Cuando le preguntamos cuánto se quería a sí mismo, contestó: “No lo sé”.

Lo cierto es que si la persona no se ama a sí misma es prácticamente imposible que pueda dar amor. Ignacio buscaba llenar sus propios vacíos exigiéndole a su pareja que le respondiera de igual manera. La novia se percató de la inseguridad de Ignacio y decidió no continuar la relación. Cuando le dijimos que ella le había dado un maravilloso regalo, su rostro se descompuso. Sin embargo le explicamos que el rompimiento de la relación le había dado la oportunidad de buscar ayuda, de trabajar verdaderamente en sí mismo para deshacer sus marañas mentales en las cuales había resentimiento por el alcoholismo de su papá y la sumisión de su madre que sufrió de violencia doméstica, entre otros sucesos en su vida. Ignacio estaba repitiendo la historia de
sus padres. Daba esperando siempre recibir algo a cambio. Para dar es indispensable soltar. Sin embargo la mayoría asegura que sabe dar aunque le amarran un cordón invisible y muy largo a lo que dan. En realidad lo que hacen son “cambalaches” o trueques. Dan para recibir algo a cambio y si no lo obtienen, se ofenden.