Jaime Escalante

El liderazgo muchas veces se define como la capacidad para influir sobre los demás. Sin embargo el papel
más importante de los líderes es facilitar el éxito de otras personas. Es fácil lograr que los demás confíen en
nosotros. Lo difícil está en conseguir que ellos logren confiar en sí mismos. Y pocos ejemplos ilustran esta
cualidad mejor que la vida y obra de Jaime Escalante.

Si hablamos de pasión es necesario mencionar a este profesor de cálculo de un colegio de La Paz, Bolivia que
emigró a Estados Unidos y con su ejemplo cambió la vida de miles de jóvenes. Al referirse a lo que más necesitan los estudiantes para triunfar en sus estudios, Jaime afirma: “Yo prefiero utilizar la palabra ‘ganas’ que la palabra ‘talento’. No acepto la palabra talento porque significa que nos limitaremos a medir el cociente de inteligencia del estudiante. Yo pienso que cualquier ser humano tiene talento”. Para Jaime Escalante, la gente no fracasa por falta de talento sino por falta de ganas, de pasión.

Jaime es, sin duda alguna, el mejor ejemplo de cómo la pasión por lo que se hace logra crear motivación en
otros y de cómo cada uno de nosotros tiene la capacidad de influir en la vida de la gente que nos rodea.
Su filosofía es la total certeza de que dentro de cada uno de sus estudiantes se encuentra la semilla de grandeza necesaria para triunfar. Él sabe que el secreto del éxito está en desarrollar un gran nivel de motivación por todas aquellas actividades y labores que necesitamos realizar para triunfar. Por eso solía colocar palabras y afirmaciones positivas para sus alumnos, en su salón de clase. Mensajes como: “¡Valor! ¡Deseos!”, o su frase preferida: “¡Hay que tener ganas!”.

A pesar de que en su país natal enseñó física y matemáticas durante catorce años, cuando llegó a California
encontró que no tenía las credenciales para enseñar ni hablaba inglés. Así que estudió por las noches y obtuvo
un grado en electrónica. Poco después encontró un trabajo durante el día mientras continuaba estudiando
durante la noche para obtener su título de matemático.

En 1976 comenzó a enseñar en Garfield High School, en el Este de Los Ángeles, California, donde las
drogas, las pandillas y la violencia eran el pan de cada día. Pero lo cierto es que Jaime Escalante no enseñaba cálculo, él simplemente utilizaba las matemáticas para enseñar a sus estudiantes algo aún más importante que
el cálculo: cómo triunfar.

Durante los tres años siguientes sus estudiantes pasaron el examen de cálculo avanzado que ofrecía el Departamento de Educación. En 1982, algunos individuos, dudosos del éxito exhibido por aquellos estudiantes,
en su gran mayoría latina, proveniente de barrios muy pobres —pandilleros algunos de ellos—, decidieron invalidar los resultados del examen argumentando que era evidente que los jóvenes habían conspirado para hacer trampa.

La única alternativa que se les ofreció fue la de tomar otro examen, aún más difícil que el anterior, bajo
una estricta vigilancia. Pero la confianza y seguridad con que Jaime contagiara a sus estudiantes les armó de
valor para aceptar el reto. Doce de sus discípulos tomaron de nuevo aquel examen y los doce lo pasaron.

El ejemplo de Jaime Escalante cambió por siempre a estos jóvenes que aprendieron la lección más importante
del éxito en una clase de matemáticas: que hay que creer para poder ver y que el éxito solo llega a
aquellos que tienen la valentía de ir tras él.