Sí, tu cuerpo también habla y mucho. Tu corporeidad comunica muchísimas cosas. ¿Y eso sirve para hacer una venta? La respuesta es un sí, prácticamente contundente.

El poder de convicción de la palabra es fundamental; pero el cuerpo te ayuda a enfatizar tu actitud. ¿Cómo aprender a manejar bien el cuerpo en el momento de hablar?

Comencemos por observar aquellos oradores que nos cautivan. ¿Qué nos gusta de su corporeidad?

El buen orador utiliza sus manos para dar énfasis a ciertas partes de su discurso. La persona que lograr capturar la atención, se mueve por el escenario; pero sin llegar a convertir su plática en un paseo en el que la gente no lo puede seguir. Darse el lujo de moverse mientras hablo, implica tranquilidad y manejo de lo que estoy diciendo. El orador estático, rígido, de gestos poco perceptibles, suele no gustar.

Se dice que un buen expositor mantiene la mirada y es cierto hasta un determinado punto. Se debe ser prudente; por ejemplo, sostener la mirada a una sola persona del público puede prestarse a confusiones o a que dicha persona se sienta intimidada. Hay sí, que sostener la mirada en alto y alternar los puntos a los que la dirigimos. Una mirada hacia abajo comunica inseguridad.

Sobra decir, que si no te paras erguido comunicas cansancio. A todos nos gusta el entusiasmo y la vitalidad. ¿Por qué insistir en vernos pequeños? Encorvarnos nos achica. Para convencer hay que verse y sentirse grande. ¿Y por qué de vez en cuando no abrir los brazos y levantarlos en alto? Como todo, sin exagerar. Observa, levantar los brazos en alto es una expresión triunfadora y comunica poder. Cuando ganamos no agachamos la cara. Por eso, a la hora de vender queridos amigos: “Quijada arriba”. Eso transmite optimismo.

El lenguaje corporal es de vital importancia, tendemos a hacer una copia inconsciente de los gestos de quienes nos rodean. ¿Por qué los bostezos son tan pegajosos? ¿Te lo has preguntado? Por tanto no le temas a las expresiones optimistas y de empoderamiento, esas también se propagan.

La amabilidad suele ser contagiosa. No te extrañe recibirla si la has brindado. Aunque suene a frase de cajón: no olvides sonreír. Una sonrisa amable y sincera, siempre será apreciada.

Editado por: Ana Patricia Caicedo Cox