Hace poco visité con mi familia un museo de cera. En él encontramos estatuas de personalidades de la historia, el deporte, la ciencia y el mundo del espectáculo. Allí se encontraban principalmente réplicas de famosos y de algunas grandes personalidades. Durante el recorrido los visitantes aprovechamos para tomarnos fotografías con distintas celebridades. Mientras mis hijas casi derretían la mano y mejilla de Brad Pitt, mi esposa abrazaba a un mudo George Clooney que aceptó fotografiarse con cada mujer que pasaba cerca de él. En mi caso admito que si a Brad Pitt le hubieran colocado a un lado la esfinge de Jenniffer Aniston, seguramente me hubiera fotografiado con ella, pero como quien le escoltaba era Angelina Jollie,decidí no hacerlo.

Algo que entendí al visitar el museo es que algunas de las personas que estaban representadas allí lo habían logrado por ser famosas y otras por ser grandes. Madona, Maradona y las rosquillas Dunkin’ Donuts son famosos, pero Martin Luther King Jr., la Madre Teresa de Calcuta y Mahatma Ghandi son grandes. Existe una enorme diferencia ente la grandeza y la fama. Algunas personas que han alcanzado la estatura de grandeza también han sido famosas, tal como es el caso de los tres personajes que nombré, pero la mayoría de los y las “grandes” jamás estarán en un museo de cera, pero son los que verdaderamente impactan y transforman vidas.

Nuestra cultura promueve el anhelo por la fama; sin embargo creo que a lo que debemos aspirar es a la grandeza, conlleve o no a la popularidad como consecuencia. Lo hermoso de producir grandeza es que quiénes nos rodean e incluso futuras generaciones se verán beneficiadas. No es necesario hacer actos históricos para lograr trascender; el simple hecho de vivir con grandeza entre nuestros familiares, compañeros de trabajo y vecinos es suficiente. He descubierto cuatro acciones que nos pueden llevar a desarrollar grandeza en nuestra vida. A continuación las numero con el propósito de que se conviertan en una invitación a practicarlas.

1. Amor incondicional. Cuando amamos a quien nos ama no hay mérito, es simplemente un proceso natural. El amor incondicional es el que busca el beneficio del otro aunque no nos corresponda de la misma manera. En ocasiones la persona que recibe este amor puede ser nuestro hijo o cónyuge, pero en otras seres desconocidos. El amor incondicional transforma a quien lo recibe y engrandece a quien lo da.

2. Sacrificar nuestros intereses en aras del bien común. Cuando estamos dispuestos a perder un privilegio o derecho con tal de que otros puedan gozar de los suyos, hemos rebasado la barrera del egoísmo. Actos así se convierten en verdaderos legados para aquéllos que recibieron el fruto de nuestro sacrificio.

3. Perdonar. El perdón es injusto, esa es su naturaleza. Perdonar no implica olvidar, pero sí pasar por alto la ofensa. El perdón es un regalo de misericordia para alguien que no merece ese obsequio; lo maravilloso es que también libera interiormente a quien lo otorga.

4. Vivir en integridad. Ser íntegro significa que nuestros hechos reflejan perfectamente

los valores que predicamos. Una persona íntegra no da concesiones ni en los pequeños detalles. Sabe que la clave de la integridad descansa en hacer lo correcto incluso cuando no es lo más conveniente.

Es probable que a la mayoría de nosotros no nos reproduzcan en cera ni nos coloquen en un museo para que muchos desconocidos puedan tomarse una fotografía a nuestro lado; pero sé que la grandeza nos permite vivir en los corazones y admiración de algunas personas, gente importante para nosotros. Sé que los cuatro puntos son verdaderos retos, sin embargo estoy convencido que cuando los aplicamos transformamos nuestro entorno; dejamos semillas fructíferas en nuestros seres queridos, aprendemos a valorar lo importante de la vida; puertas importantes se abren y podemos vivir nuestra vida con lo más anhelado por el ser humano: satisfacción y paz interior.

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