A Nelson Mandela le gustaba el té. Con seguridad, disfrutaba de la vivacidad de una tasa en la tarde. O quizá le gustaba el hecho de que fuese un hábito de los ingleses, algo que había aprendido de joven cuando estudiaba derecho en Oxford.

Cualquiera que fuera la razón, Mandela empleaba el ritual de té por la tarde como una extensión de su personalidad abierta y calurosa, en especial cuando recibía invitados. El té, que él siempre insistía en servir, también se convirtió en un símbolo de control.

Luego de muchos años en la cárcel, cuando se hizo evidente que sería liberado, el gobierno sudafricano decidió que debía aprender a lidiar con Mandela como una fuerza política que quizá algún día llegaría a gobernar el país. Por esa razón, las autoridades le dieron su propia casa en terrenos de una prisión continental y,  por eso,  cuando los oficiales del gobierno necesitaban hablar con él, Mandela los recibía como anfitrión. Aunque era un prisionero, él era el amo de su casa. Él era el señor de la casa al igual que el designado para servir el té. De esta manera, lentamente pero sin timidez, Mandela se impuso como un hombre con quien era indispensable contar.

Los líderes mundiales vienen y van, pero muy pocos han acaparado la atención como lo hizo Mandela. Nacido en la realeza, asumió deberes de mando. Buscando una mayor influencia, pronto chocó en el sistema vicioso y opresivo del apartheid, diseñado para mantener a los negros africanos, la inmensa mayoría, en un estado de sometimiento como cabeza del Congreso Nacional Africano, en 1961, Mandela fue llevado a juicio acusado de terrorismo y sentenciado a cinco años en prisión. Fue enviado a Robben Island, un remoto pedazo de roca en el Océano Índico, a cuatro millas de la costa de Ciudad del Cabo. Luego, cuando sus papeles fueron hallados en una casa de campo lejana, Mandela, aún en prisión, fue juzgado por traición y sentenciado a muerte. Su pena capital fue luego conmutada, pero continuaron las dificultades. Día tras día golpeó rocas bajo el sol ardiente, durante muchos años. Fue la mente atenta, además de la cohesión de sus compañeros en la isla, lo que le permitió a él y a sus compañeros prosperar.

Mientras que ese trato habría derrumbado a un hombre menor, este solo potenció la convicción de Mandela. Por el lado positivo, estaba rodeado de sus hermanos, compañeros de la ANC. En materia de tiempo, era visto como un héroe del movimiento libertario en Sudáfrica, que adquirió mucha fuerza durante los años en que él estuvo encarcelado.

Durante ese tiempo, Mandela veía hacia adelante, y así aprendió a hablar afrikáans, la lengua de sus carceleros, al igual que cultura afrikáner. Llegó a entender que, distinto de los ingleses, que quizá volverían a emigrar a Bretaña o a otra nación próspera como Canadá o Australia si los negros llegaran al poder, los afrikáneres, descendientes de campesinos holandeses que emigraron a Sudáfrica en el siglo diecisiete, estaban en casa. Se referían a sí mismos como la “tribu blanca de África” y no se iban a ir a ningún lugar.

Luego de que Mandela fuera liberado a la aclamación y adulación mundial en 1993, empezó a recorrer el mundo. Cuando se decretó que habría elecciones libres y justas, se lanzó a la presidencia y ganó. Esto llenó de emoción los corazones de sus hermanos africanos, pero aterrorizó a los blancos. Mandela, siendo un hombre sabio con gran capacidad de entendimiento humano que hacía a otros parecer pequeños, entendió que debía unir a la nación. Su método fue el rugby. Sudáfrica, vetada durante un largo tiempo de las competencias deportivas internacionales, fue designada como país anfitrión de la Copa Mundial de Rugby de 1995. Esto fue un gran problema para la población afrikána, pero no tanto para los hermanos africanos. Mandela comprendió que esta era su oportunidad de hacer una declaración a los afrikáneres, a quienes necesitaba como socios en el gobierno y socios de la Nación.

Como es relatado en el libro El factor humano (y luego adaptado en la película Invictus), Mandela se aseguró de que la tradición afrikáner del rugby continuara. El emblema Springbrok, un símbolo de opresión para los africanos, fue conservado como el símbolo del equipo.

El equipo entero estaba compuesto solo por hombres de raza blanca, a excepción de un solo hombre de raza mixta. Mandela adquirió un interés personal en el equipo, en particular en su capitán, François Pienaar, y por medio del él fue llenando a su equipo con un sentimiento de jugar por su país, blancos y negros. Los Springboks eran considerados menores, pero con un sentido de destino que erradicó ese malestar de la época y garantizó, aunque solo fuera por un momento, que hubiera una sola y unida Sudáfrica. Solo alguien con la determinación de Mandela habría podido guiar a una nación con un gobierno tan virulentamente racista a través de una transición pacífica que facilitó la reconciliación y permitió la supervivencia del país.

El mito envuelve a Mandela y, por un lado, es glorioso y adecuado. Muy pocos hombres han debido enfrentar tal opresión y salir con tan pocas heridas, al menos en un sentido moral. Él fue amable, compasivo y generoso, pero también fue recio en su deber. Sufrió pérdidas en su familia y eventualmente en sus matrimonios, pero se mantuvo fiel a su causa.

Mandela es un buen ejemplo de lo que significa tener una mente atenta: estar alerta frente a tu situación pero, al mismo tiempo, estar enfocado en lo que puedes hacer para mejorarla. Muchas personas advirtieron la necesidad de un cambio en Sudáfrica, pero solamente unos pocos activistas estaban dispuestos a tomar los riesgos que se requerían para luchar esta difícil batalla. Afortunadamente, para la mayoría de nosotros no es tanto lo que está juego. Y, sin embargo, podemos aprender mucho del ejemplo de Mandela, aún hoy relevante para nosotros.

Una de las cosas que me gusta hacer cuando comienzo un emprendimiento de coaching es hacerle a mi nuevo cliente esta pregunta: ¿Qué te impulsa a levantarte todas las mañanas? Si veo que en sus ojos se dibuja el atisbo de una sonrisa, sé que me he encontrado con algo poderoso: eso que él disfruta hacer. Las respuestas varían tanto como los ejecutivos. A algunos les emociona enfrentar nuevos retos, a otros la resolución de problemas, a otros les fascina la emoción de competir, y a otros les gusta trabajar con sus equipos para alcanzar los objetivos propuestos. Las respuestas a esta pregunta abren la puerta a un mayor entendimiento. Cuando un ejecutivo dice que le gusta ver aquello que su equipo está logrando, sé que estoy lidiando con un individuo que hace énfasis en lo correcto: el trabajo en equipo.

Por otro lado, cuando el individuo me dice que le gusta trabajar en proyectos y así contribuir, sé que trabaja más
de forma individual. La respuesta difícil o, más precisamente, antirespuesta, viene del individuo que muestra poco interés en el trabajo. Su actitud puede ser un síntoma de agotamiento o una indicación de que no encuentra su trabajo lo suficientemente interesante.

En cualquier caso, esta persona está atravesando por dificultades. Le pasa a los mejores de nosotros. Las situaciones en el trabajo pueden cambiar, puede que lo que alguna vez nos gustó tanto hacer ya no sea posible o que ya no tengamos la motivación para seguirlo haciendo durante mucho tiempo. Mi consejo es hallar algo más acerca el trabajo que amas hacer. O quizá buscar otras cosas que te guste hacer fuera del trabajo. Dedica más tiempo a tus pasiones. Cuando vengan momentos de desilusión, y muchos de los más importantes emprendedores tienen momentos en los cuales los obstáculos parecen inmensos, necesitarás de esa pasión para poder sobrellevarlos.

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